Cerro y Estrellas
El rostro de un sueño (al despertar)
Ayer aprendí que algunas luces del cielo son piezas de propulsión de satélites que ya vagan sin uso desde hace décadas. Del pueblo en el que crecí surgía un ámbar vivo y la brisa traía consigo una levedad como para adentrarse en los sueños. Algo parecido a la felicidad ocurrió aquella noche.
Descansando sobre el lugar al que uní mi vida me propuse observar la paz que allí se hace fuerte. Mi cama vestía del color de la clorofila y de las estrellas. Contemplé con esmero el firmamento, lo imaginé sin límites y ajeno al tiempo. Mi soledad encontró reposo en esta elegante esperanza. Me detuve en un punto brillante y lo estudié con mansa admiración. Pude ver mi cuerpo ingrávido elevarse en su trayectoria y viajar tan lejos como ocupa una vida, pero nunca alcanzar a tocarlo. De vuelta en la Tierra, la piel me habló del valor de lo irrecuperable y de lo efímero. Quise entender, con poca fortuna, de cuántas vidas está hecha una estrella.
Desde mi memoria me susurró un recuerdo. Un día acompañé con mis manos a un mirlo al aferrarse por vez última a la existencia. Sabía que la vida ya nacía en ese instante en algún otro lugar, pues yo concebía un tiempo más breve que la eternidad para volver a encontrarnos. Pensé con ánimo en la libertad de los pájaros al volar sin muros alrededor. Como a ellos, la vida también nos concibió libres, expandiéndonos sin conocer fronteras o límites entre nosotros. Dentro de mi jaula de huesos tomé conciencia de una manera de volar sin tener alas, y pronto me elevé por encima de un mundo de piel y vasto espacio entre los espíritus. Entendí que podríamos así navegar el insondable vacío que separa nuestros mundos y precipitarnos sin remedio entre nosotros.
Regresé desde el dulce letargo de la noche al oír el rumor del tiempo en el horizonte. Pronto eché de menos lo que en realidad fue un sueño. Al volver apenas supe valorar el peso del cuerpo sobre los pies. Me llevaba de la mano una sutil pasión que me abrumaba pero me mantenía ágil, despierto y libre. Dejé que girasen los cielos sobre el destino que yo hacía al caminar. Escuché en la lejanía a un tren que desordenaba el aire al conducir las luces y las almas hacia el oeste, con lentitud poderosa. En esa calma del corazón juzgué a la vida como un regalo y al amor como su fortuna. Fui feliz en aquel instante al contemplar el Universo sin pretensiones.